
ASÍ ME PARECE
Vamos, Rajoy
10.10.10 - 00:28 -
JUAN-RAMÓN CALERO RODRÍGUEZ ABOGADO DEL ESTADO |
Los datos de las encuestas, sin embargo, nos muestran que la situación actual se ha producido, no porque el PP haya visto acrecentada de forma significativa su intención de voto, sino porque se ha desplomado la expectativa electoral del PSOE. El PP gana; no porque crezca significativamente sus votos, sino porque se desploman los del PSOE.
En estas circunstancias, pues, los sesudos analistas de Génova 13 deberían estar estudiando estos resultados, intentando vislumbrar en el horizonte riesgos que pudieran hacer peligrar la victoria en las generales. Y, en este sentido, en mi opinión, se deberían hacer dos preguntas: ¿hay riesgo de que cese el declive del PSOE y de que Zapatero sea capaz de remontar y volver a ganar las elecciones? Y, por otra parte, ¿por qué no aumenta de modo significativo la intención de voto del PP? ¿Por qué no se convence a más gente hasta alcanzar niveles tan altos de intención de voto que ya resulte absolutamente indiferente que el PSOE remonte o no? O, en síntesis, ¿por qué el PP no depende de sí mismo?
Hoy por hoy, la primera pregunta tiene una respuesta clara: parece poco menos que imposible que, en el año y medio que queda para las elecciones generales, el PSOE sea capaz de remontar. A estas alturas, el hundimiento creo yo que es ineludible. Da la impresión de que Zapatero ha alcanzado ante la opinión pública un punto de saturación, y ahora la gente no le pasa una y le culpa de todos los males que aquejan a los españoles, aunque algunos en justicia no le sean imputables. Tras las primarias de Madrid, incluso en sus propias filas empieza a hablarse ya del 'postzapaterismo'. Es como si se aceptase de antemano la derrota electoral y la necesidad de que, después, Zapatero dimita como secretario general del PSOE.
En esta situación, sólo hay dos riesgos reales que deberían ser tenidos en cuenta por los analistas del PP. Uno, que la política económica del Gobierno logre éxitos rápidos e indiscutibles, y eso le sirva a Zapatero para remontar de nuevo el vuelo. Y, dos, que los propios socialistas, reunidos en congreso extraordinario, cambien de secretario general y de candidato a presidente del Gobierno, y que el nuevo líder sea capaz de superar el pesimismo y el fatalismo que ahora asola las filas socialistas. Estos riesgos no son teóricamente inverosímiles, aunque ciertamente en la práctica creo yo que son poco probables.
Más les debería preocupar a los analistas del PP la segunda cuestión: ¿por qué no crece significativamente su propia intención de voto?. En mi opinión, a este respecto, se deberían efectuar al menos dos reflexiones:
1.- Es verdad que el conocimiento social de los casos de corrupción política no desaniman al electorado. Ni el caso Gürtel en Madrid, Valencia y Castilla-León, ni la imputación de Carlos Fabra en Castellón, ni la de Ripoll en Alicante, ni los asuntos de Baleares, ni los de Murcia parecen desanimar la intención de voto del PP. Los sociólogos lo han explicado: la fidelidad de voto, pese al conocimiento social de los supuestos de corrupción, se fundamenta en un cierto pesimismo sobre la condición humana («todos son iguales»), en una cierta desconfianza en la Justicia («esto no tiene remedio»), y en un cierto partidismo radical («para que roben los otros, que roben los míos»).
Siendo esto verdad, no lo es menos que en lo que sí influye el conocimiento social de supuestos de corrupción es en el crecimiento de la intención de voto. Los fieles de toda la vida siguen votando, pero no se ganan nuevos votantes. Los que podrían ser nuevos votantes, se retraen cuando contemplan una actitud tibia y contemporizadora del partido con la corrupción.
Los analistas del partido deberían aconsejar una actitud más enérgica, o por lo menos igual de enérgica que la que se adoptó con Jaume Matas. Se ponga como se ponga Rajoy, mucha gente entendemos que es una exigencia elemental de la decencia no incluir en listas electorales a personas imputadas por delitos dolosos. La presunción de inocencia opera en el ámbito del proceso penal, pero no en la política, en donde no sólo hay que ser honrado, sino parecerlo. Y tampoco se acepta por mucha gente que, cada vez que surge un nuevo caso de corrupción, desde el partido se acuse a la Policía, al Ministerio Fiscal y a los jueces de estar manipulados por Pérez Rubalcaba. Este argumento está tan agotado que ya hiede y repugna.
2.- La segunda reflexión sería que, quizás, la gente lo que quiere conocer es lo que realmente propone el PP para solucionar los problemas de España. Rajoy ha querido ser tan prudente, ha querido actuar con tanta astucia, que muchos le reprochan que no se moje, que no quiera lanzar propuestas que, por su necesaria dureza, pudieran producir rechazo en algún sector de la sociedad. Da la impresión de que Rajoy quiere hacer una tortilla sin romper ningún huevo. Y esto está creándole una imagen de persona indecisa y abúlica, cuyo único programa consiste en esperar a que el gobierno de Zapatero se estrelle. Y, claro, esto no suscita ningún entusiasmo indescriptible en quienes podrían ser nuevos votantes.
Mi consejo, desde luego, no sirve para nada. Cuando yo estaba en política activa nunca fui cauteloso. Pero, a pesar de todo, no me resisto a decirlo: es la hora de una moción de censura, aunque tengamos la absoluta certeza de que se va a perder. Los españoles necesitamos ver a Rajoy en la tribuna del Congreso, defendiendo su propio programa de gobierno y sorteando las embestidas y mordiscos de los ministros actuales. Necesitamos ver a un Rajoy con coraje, con brío, que sea capaz de hablar con claridad en el Congreso, lejos del aplauso fácil de los asistentes a los mítines. Los españoles queremos conocer el programa del PP y la energía de su líder. Así, creo yo que subiría la intención de voto. Por tanto, vamos, ánimo, adelante, Rajoy.

































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