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Si no salvo mis ideales, no me salvo a mi.







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viernes, febrero 18, 2011

Un pele es mucho más...

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El presidente en su laberinto

 

Camps ha lanzado un órdago a Rajoy consciente de que el presidente nacional está agotando los plazos para dejarle sin margen de maniobra



JUAN R. GIL


Dos años después de que estallara el llamado caso Gürtel, el Partido Popular vive una situación tan paradójica como esperpéntica. Las encuestas no dejan ningún lugar a la duda acerca de que revalidará el gobierno de la Generalitat en las próximas elecciones autonómicas. Pero el PP está cada vez más fracturado en la Comunitat y las relaciones de su cúpula regional con la dirección nacional son cada día más tensas. El barullo de declaraciones, la presión que Camps pretende meter a Madrid frente a la parsimonia que Rajoy utiliza como táctica para ganar tiempo y las sucesivas bofetadas judiciales recibidas en este caso por el jefe del Consell, han acabado por conformar un laberinto en el que hasta los propios dirigentes del partido -no digamos ya los medios de comunicación, los afiliados o los simpatizantes- tienen difícil orientarse. Todo el mundo se pregunta qué pasará, cuál es el futuro del actual president de la Generalitat. Dada la singular personalidad de quienes ya pueden considerarse contendientes en esta batalla, Camps y Rajoy, la respuesta es difícil. Pero la mera descripción de lo que ha pasado en los últimos días, separando al modo machadiano las voces de los ecos, puede servir para orientarse.

El renuncio. Sorprendida por la pregunta de una joven periodista de Efe, la consellera portavoz y responsable de la campaña del PP, Paula Sánchez de León, cometió el error de afirmar, hace hoy una semana, que Camps ya había sido proclamado candidato del PP y que como tal participaría en la cumbre que el partido tiene previsto celebrar los próximos 4 y 5 de marzo. La falta de veracidad de la afirmación era tan obvia, que puso en marcha un mecanismo infernal de desmentidos, réplicas y contrarréplicas entre las direcciones nacional y regional del propio partido que, una vez más, ha puesto en evidencia las graves diferencias que sobre el futuro de Camps existen en el PP. ¿Por qué Paula Sánchez de León dijo algo que la propia realidad se encargó de echar por tierra en horas? Primero, y por extraño que resulte, porque se diría que la consellera no había previsto la pregunta y no supo salir de ella; y, segundo, por la desazón con la que comparecía, sabedora ya de que la Fiscalía iba a acusar formalmente al jefe del Consell de un delito continuado de cohecho impropio y que el Tribunal Superior de Justicia iba a rechazar sus primeros recursos dilatorios.

Guerra de nervios. Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, no ha sido proclamada candidata. Pero no muestra la menor preocupación por ello. Simplemente sabe que lo será cuando corresponda, y punto. Camps, sin embargo, lleva meses autoproclamándose, lo que da muestras de su inquietud y, sobre todo, de su falta de confianza sobre la decisión que finalmente vaya a adoptar sobre él Mariano Rajoy. En ese estado de zozobra permanente, con dos espadas de Damocles, la judicial y la política, sobre él, el menor detalle acaba desatando la histeria. Y eso ocurrió el lunes por la tarde. Inmediatamente después de que Sánchez de León hubiera dicho que Camps ya estaba proclamado y que como tal viajaría a la convención de Mallorca, desde la sede central del PP se negó tal cosa. Pero, como es habitual, utilizando el of the record. En público, ningún dirigente quiso aclarar la situación, aunque en privado el equipo de Rajoy se mostrara rotundo en sus respuestas: "La proclamación de Camps sigue sin fecha".
¿Qué sucedió el lunes? Que hubo otra rueda de prensa y otro renuncio. Esta vez de la secretaria general, María Dolores de Cospedal, que no supo salir del interrogatorio al que la estaban sometiendo los periodistas sobre si Camps estaba o no estaba incluido en la agenda de proclamaciones, pero acabó dejando claro que no.
La respuesta de Camps fue fulminante: se jugó el órdago a la grande. Convocó a su propio comité electoral para que le autoproclamara y enviara su acuerdo a Madrid, confiando en la política de hechos consumados. Aunque rápidamente el equipo de Camps trató de convencer a los periodistas de que la convocatoria del comité electoral regional y su propuesta como candidato estaba pactada con Madrid, la actuación del jefe del Consell fue interpretada, de forma casi unánime, como un desafío en toda regla a Rajoy. Las contradicciones se iban acumulando: si Sánchez de León había asegurado días antes que Camps ya estaba proclamado, ¿entonces para qué había que reunir al comité electoral y volver a proclamarlo?; si de verdad se hacía de común acuerdo con Madrid, ¿por qué se llamó de urgencia y a media tarde a los miembros del comité y por qué los máximos dirigentes del partido no sabían nada del asunto?; si de verdad Madrid lo pidió, ¿por qué sigue sin meterlo en la agenda, para qué las prisas?

Encaje de bolillos. Esa misma noche, y la mañana siguiente, los dirigentes nacionales del PP tuvieron que hacer auténticas piruetas ante la situación en que una vez más les había puesto Camps. En privado, todos reconocían que el jefe del Consell había dado un paso definitivo hacia el precipicio al presionar públicamente a Rajoy y, por supuesto, negaban que existiese ningún pacto previo con la sede madrileña de Génova. En público, trataban de no descalificar al todavía president de la Generalitat. Finalmente, Rajoy ordenó hacer lo único que se podía hacer en una situación así: asumir públicamente los hechos como si, efectivamente, fueran fruto de un pacto. La portavoz en el Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría (y no, significativamente, la secretaria general del partido), fue la encargada de comerse el marrón y comparecer ante los medios para asegurar que la autoproclamación de Camps en Valencia había sido diseñada conjuntamente con Madrid. Contar otra cosa no cabía, puesto que hubiera supuesto reconocer que Camps había retado a Rajoy, lo que no hubiera dejado otra salida que adoptar medidas drásticas contra el jefe del Consell, amplificando el escándalo. Madrid optó, pues, por tragarse un sapo que el presidente nacional y Cospedal aún no han digerido.

Continúa la tenaza. Aun así, Camps no logra desembarazarse de la soga que tiene políticamente al cuello. Sáenz de Santamaría hace el papelón de confirmar que en Madrid conocían y habían autorizado la actuación del jefe del Consell. Pero, al mismo tiempo, Miguel Arias Cañete, presidente del comité electoral nacional, el que de verdad, según los estatutos, es el competente para proclamar candidatos a los gobiernos de las comunidades autónomas, se encarga de dejar claro que en la agenda de la próxima reunión no está prevista la proclamación del valenciano, sólo la de la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, como aspirante en Castilla-La Mancha. Todo el lío ha quedado en la escenificación en público del enfrentamiento entre la cúpula campista del PP valenciano, tan nerviosa como su presidente, y la dirección nacional. Pero Camps sigue en el mismo punto donde estaba hace una semana: sin fecha para su proclamación.

El juicio. Rajoy, en realidad, sí ha puesto fecha para proclamar a quien en la Comunitat encabece la lista del PP. Y eso es precisamente lo que más contribuyó al nerviosismo de Camps, suficientemente ducho en los movimientos de partido como para saber qué es lo que se está jugando. El gallego anunció hace ya semanas que en las comunidades donde el PP gobernase el candidato no sería proclamado hasta que las elecciones no estuvieran formalmente convocadas y los respectivos parlamentos disueltos. Camps vio enseguida la trampa, quizá mortal, que ese planteamiento encerraba. Porque con las elecciones convocadas y sin Cortes, él no es un presidente en plenitud, sino en funciones; el partido ya no lo controla él, sino el férreo aparato electoral de Madrid y el margen de maniobra para rebeliones es mínimo, sencillamente porque aunque a alguien se le pasara por la cabeza, no hay plazo. Por eso Camps tiene tanta prisa por que se le designe antes. Porque no sólo no se fía, sino que se teme lo peor.
Cálculo. Aunque la mayoría crea que no, la política es un juego de lógica. De lógica implacable. Más allá de declaraciones o de especulaciones, las preguntas que cabe hacer en este caso acaban siempre desembocando en respuestas negativas para Camps. ¿Es lógico que, si Rajoy tiene decidido que repita, no lo proclame oficialmente y soporte, simplemente porque sí, el desgaste que significan los editoriales y los análisis de la mayoría de los periódicos, los comentarios en tertulias y noticiarios de televisión, acusándole de falta de autoridad? No. ¿Es lógico que, si Camps tiene tan asegurada como dice su confirmación, se pase los días proclamándose a sí mismo candidato y tensando al partido con reuniones urgentes e improvisados actos de exaltación? No.

Rajoy está con Rajoy. ¿Cuál es, en todo esto, la verdadera preocupación de Rajoy? La respuesta, siguiendo la misma lógica antes mentada, es sencilla: Rajoy no está preocupado por Camps, sino por él mismo. Si el juez Flors decide, como todo indica, procesar al president de la Generalitat por haber presuntamente aceptado regalos de la trama Gürtel, Rajoy se va a encontrar con que el juico con jurado se celebrará después de estas elecciones autonómicas, pero durante el período que dista entre éstas y las elecciones generales que tienen que llevarle a él a la Moncloa. Y ahí no quiere bromas. Lo que de verdad quita el sueño a Rajoy no es ver a Camps en el banquillo, sino que esa sea la imagen en todos los medios de comunicación justo mientras él está en plena campaña para la presidencia del Gobierno. Que los periodistas no le pregunten por su programa entonces, sino por los líos judiciales del que para esa fecha estaría de nuevo ratificado como jefe del Consell con su bendición. Que en el cara a cara con Zapatero se hable de trajes y de jurados, y no sólo de recortes y parados. Ése es, a la postre, el miedo de Rajoy y ésa es la clave que determinará si Francisco Camps es proclamado candidato o no lo es.
Pero sea cual sea la decisión del presidente nacional del partido, Camps se ha equivocado gravemente esta semana: tratar de forzar al gallego ya hace mucho tiempo que se demostró, más que inútil, contraproducente. Se lo pueden preguntar a Luis Bárcenas o a Álvarez Cascos; a María San Gil, a Eduardo Zaplana, a Piqué, a Ángel AcebesÉ a una larguísima lista de damnificados por la quietud de la esfinge.


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